Crítica de La Odisea: Nolan desmonta al héroe y revela al hombre

Ulises ganó la guerra de Troya. El problema es que nunca consiguió salir realmente de ella.

Ese es el Odiseo que Christopher Nolan coloca en el centro de La Odisea: no el héroe legendario capaz de engañar a hombres, monstruos y dioses, sino un superviviente que arrastra cada victoria como si fuera una derrota. Matt Damon interpreta a un rey que lleva años intentando regresar a Ítaca, aunque la distancia que verdaderamente debe recorrer no se mide en millas de océano.

Porque Nolan entiende algo fundamental del relato de Homero: volver a casa es sencillo comparado con volver a ser el hombre que salió de ella. Y sobre esa idea construye una película gigantesca por fuera, pero sorprendentemente íntima por dentro.

Odiseo lleva veinte años lejos de Ítaca. Diez combatiendo en Troya y otros tantos tratando de regresar. Durante ese tiempo ha vencido, engañado, perdido, matado y sobrevivido a aquello que habría acabado con cualquier otro hombre. Sobre el papel, su historia contiene todos los ingredientes necesarios para construir al héroe definitivo. Nolan prefiere hacer exactamente lo contrario. Su Odiseo no vuelve convertido en leyenda. Vuelve convertido en el hombre que tuvo que pagar por ella.

Ese desplazamiento convierte La Odisea en una de las películas más humanas de la filmografía del director. Nolan conserva la dimensión monumental del relato de Homero, sus monstruos, dioses, tempestades y guerras, pero bajo todo ello construye una película sobre algo mucho más íntimo: la culpa de quien sobrevivió cuando casi todos los demás quedaron atrás. Y ahí está su mayor triunfo.

La aventura que empieza cuando la guerra ya ha terminado

Han pasado veinte años desde que Odiseo abandonó Ítaca. En su ausencia, Penélope (Anne Hathaway) intenta mantener en pie un reino que lleva demasiado tiempo esperando a un muerto. Los pretendientes han ocupado su casa y aguardan la oportunidad de repartirse aquello que todavía pertenece al rey desaparecido. Antínoo, interpretado por Robert Pattinson, encarna la amenaza más evidente de ese nuevo orden que empieza a construirse sin Odiseo.

Telémaco (Tom Holland), mientras tanto, ha crecido bajo la sombra de un padre al que prácticamente solo conoce a través de historias. Para él, Odiseo no es exactamente un hombre: es una ausencia convertida en mito. Y esa diferencia resulta fundamental. Porque mientras Ítaca recuerda al rey, Nolan nos muestra al hombre.

Lejos de allí, Odiseo permanece en la isla de Ogigia junto a Calipso (Charlize Theron), atrapado en una especie de suspensión emocional donde las flores de loto permiten que el olvido resulte temporalmente más soportable que la memoria. Desde ese punto, Nolan reconstruye el viaje. Troya. El caballo. El cíclope. Circe. Las Sirenas. El descenso al Hades. El mar convertido una y otra vez en enemigo.

Los episodios fundamentales del poema aparecen reconocibles y, pese a las inevitables modificaciones necesarias para trasladarlos al cine, la película respeta la arquitectura del texto homérico. Pero la fidelidad más importante no está en reproducir cada aventura. Está en comprender qué significan todas juntas. Porque La Odisea nunca ha tratado únicamente sobre los obstáculos que separan a un hombre de su hogar. Trata sobre lo que ocurre cuando ese hombre cambia durante el camino. Nolan lleva esa idea todavía más lejos. Aquí cada nueva prueba parece arrancarle a Odiseo una parte de sí mismo.

Matt Damon y la destrucción del héroe

Matt Damon entiende perfectamente qué película está protagonizando. Su Odiseo conserva la inteligencia que define al personaje. Sigue siendo estratega, embaucador, líder y superviviente. Cuando necesita engañar, engaña. Cuando necesita manipular, manipula. Cuando la fuerza resulta inútil, encuentra otra forma de imponerse. 

Pero Damon introduce algo detrás de esa seguridad: agotamiento. Hay una fatiga acumulada en el personaje que resulta más importante que cualquier demostración de heroísmo. Porque este Odiseo sabe que prácticamente todas sus victorias tienen cadáveres detrás. La caída de Troya es el ejemplo más evidente. El caballo que tradicionalmente representa el ingenio definitivo del héroe se convierte aquí también en la materialización de su culpa. Odiseo ideó la estrategia que permitió conquistar la ciudad. Ganó la guerra. Y precisamente por eso tiene que convivir con aquello que ocurrió cuando las puertas se abrieron.

Nolan hace algo muy inteligente al no presentar Troya como el glorioso final de una campaña militar. La ciudad conquistada funciona como el pecado original de toda la película. Después de aquello, el viaje de regreso parece menos una sucesión de aventuras que una gigantesca resaca moral. Odiseo no está intentando únicamente volver a Ítaca. Está intentando averiguar qué parte del hombre que abandonó Ítaca sigue existiendo dentro de él.

Por eso la pérdida de su tripulación adquiere tanta importancia. Cada compañero muerto reduce un poco más la distancia entre el héroe y el fracaso. El gran guerrero que podía desafiar hombres, monstruos e incluso dioses descubre lentamente algo que nunca había considerado: sobrevivir no siempre significa vencer.

En realidad, la pregunta que termina planteando Nolan resulta todavía más incómoda: ¿Puede alguien regresar a casa después de haber hecho determinadas cosas y esperar que todo siga esperándolo como antes?

Es ahí donde la película trasciende el espectáculo mitológico.

Ítaca no es un destino

Uno de los grandes aciertos de esta adaptación consiste en entender que Penélope y Telémaco no pueden existir únicamente como recompensa narrativa. Ítaca tampoco.

En una versión convencional del relato, el hogar podría convertirse simplemente en el objetivo colocado al final del camino. Odiseo supera pruebas, llega a casa, recupera a su esposa, derrota a los pretendientes y restaura el orden. Nolan problematiza esa idea. Durante veinte años, la vida ha continuado sin él. Penélope ha tenido que gobernar la ausencia. Telémaco ha tenido que convertirse en adulto sin padre. El reino ha aprendido lentamente a asumir que su rey probablemente no regresará.

Odiseo sueña con volver a la misma Ítaca que dejó atrás. Pero esa Ítaca ya no existe. Y quizás él tampoco. La verdadera odisea termina siendo entonces aceptar que regresar no consiste en recuperar el pasado, sino en enfrentarse a aquello que el tiempo ha hecho con él.

Esa lectura convierte algunas de las escenas más pequeñas de la película en momentos mucho más interesantes que determinadas secuencias de acción. Especialmente cuando Nolan permite que los personajes simplemente observen a Odiseo. Porque existe algo incómodo en esos encuentros: el hombre que regresa tiene que competir constantemente con la leyenda que llegó antes que él.

Un reparto gigantesco que rara vez parece decorativo

Con una producción de estas características resultaba fácil convertir La Odisea en un desfile de estrellas. Sorprendentemente, casi nunca ocurre.

Anne Hathaway construye una Penélope cuya resistencia está lejos de la pasividad con la que algunas adaptaciones han tratado al personaje. Su espera no tiene nada de romántica: es política, agotadora y profundamente pragmática.

Tom Holland funciona especialmente bien como Telémaco porque su personaje necesita combinar admiración y resentimiento. Ha pasado toda su vida escuchando historias sobre un hombre que, desde su punto de vista, eligió todas las aventuras del mundo antes que regresar junto a él.

Robert Pattinson disfruta cada minuto como Antínoo. Hay algo desagradablemente magnético en su interpretación, una arrogancia que permite entender que el peligro del personaje no reside únicamente en su ambición, sino en lo cómodo que se siente ocupando el espacio de otro.

Samantha Morton, como Circe, consigue que uno de los personajes más fácilmente reducibles a la categoría de hechicera seductora tenga una presencia mucho más inquietante y compleja. Sus apariciones son relativamente breves, pero dejan una de las impresiones más intensas de la película.

Lupita Nyong'o aporta matices a Helena de Troya y Clitemnestra, mientras que Jon Bernthal dota a Menelao de una presencia física que arrastra todavía el peso de la guerra.

John Leguizamo encuentra emoción en Eumeo sin convertir la lealtad del personaje en sentimentalismo fácil.

Y Zendaya, como Atenea, ocupa una posición especialmente interesante. Más que funcionar únicamente como protectora divina, su presencia recuerda constantemente que Odiseo está atrapado en un mundo donde los dioses observan las tragedias humanas desde una distancia que los hombres no pueden permitirse.

El problema del reparto no está en que haya demasiados personajes. Está en que varios resultan suficientemente interesantes como para querer permanecer más tiempo con ellos.

Cuando el mito se vuelve materia

Desde el punto de vista visual, La Odisea evita en buena medida la estética artificial que podría haber convertido el relato homérico en una sucesión de estampas digitales. Nolan quiere que el mito tenga peso. Que los barcos parezcan barcos. Que el mar resulte peligroso. Que Troya esté hecha de piedra, fuego, madera y cuerpos. Que el caballo pueda sentirse como una construcción absurda, gigantesca y física antes de transformarse en uno de los símbolos más famosos de la literatura occidental.

La fotografía de Hoyte van Hoytema contribuye enormemente a esa sensación. Hay una constante oposición entre la pequeñez del individuo y los espacios que lo rodean: océanos, costas, cavernas, ciudades devastadas.

Odiseo puede ser rey. Frente al mar sigue siendo únicamente un hombre. Y Nolan encuentra algunas de las imágenes más poderosas de la película precisamente ahí, cuando deja de intentar engrandecer a su protagonista y permite que el paisaje lo reduzca.

La secuencia del remolino funciona especialmente bien porque no necesita convertir el peligro en una coreografía elegante. Es confusión, agua, madera y hombres tratando desesperadamente de mantenerse con vida.

Lo mismo ocurre con Troya. La entrada del caballo y la posterior caída de la ciudad tienen la escala esperada, pero Nolan evita tratarlas únicamente como un espectáculo victorioso. La noche, el fuego y el caos terminan transformando la gran hazaña de Odiseo en algo mucho más próximo a una pesadilla.

Ludwig Göransson acompaña la película con una partitura que sabe cuándo impulsar el peligro, aunque en algunos momentos Nolan vuelve a utilizar la música como mecanismo para subrayar emociones que quizá funcionaban mejor sin ayuda.

El gran problema: Nolan sigue teniendo miedo al silencio

Y aquí aparece la principal contradicción de La Odisea. Christopher Nolan ha construido probablemente una de sus películas más emocionales. Pero continúa comportándose, por momentos, como un director que no termina de confiar completamente en la emoción. Cuando una imagen funciona, añade una frase. Cuando una mirada explica algo, algún personaje termina verbalizándolo. Cuando Damon consigue mostrar culpa sin decir una palabra, el guion parece sentir la necesidad de asegurarse de que nadie pueda interpretar otra cosa.

Ese exceso explicativo perjudica especialmente a Odiseo. Matt Damon ha construido un personaje cuyos silencios cuentan perfectamente lo ocurrido. Se percibe en su manera de observar a los supervivientes, en cómo recuerda Troya o en el agotamiento con el que afronta determinados peligros. No necesitamos que el personaje explique constantemente qué siente. Pero Nolan, ocasionalmente, no puede evitarlo. Es una característica recurrente de su cine: una enorme confianza en la capacidad del espectador para comprender estructuras narrativas complejas y, paradójicamente, cierta desconfianza en su capacidad para comprender sentimientos sencillos.

La Odisea funciona mejor precisamente cuando se olvida de explicar. Cuando deja a Odiseo mirando el mar. Cuando Penélope guarda silencio. Cuando Telémaco contempla al hombre intentando compararlo con el padre que imaginó durante veinte años. Ahí aparece la película extraordinaria escondida dentro de la película excelente.

Casi tres horas que no siempre están repartidas correctamente

El otro problema importante es el ritmo. Sus 2 horas y 52 minutos no resultan excesivas teniendo en cuenta la cantidad de historia que intenta abarcar. De hecho, adaptar La Odisea completa en menos tiempo probablemente habría obligado a convertir muchos episodios en simples referencias. El problema no es cuánto dura. Es dónde decide detenerse.

Nolan dedica muchísimo espacio a determinadas secuencias bélicas y de acción. Algunas están magníficamente construidas, pero permanecemos en ellas después de haber comprendido perfectamente lo que quieren transmitir.

Mientras tanto, momentos como Circe, Calipso o el descenso al Hades pasan con una velocidad sorprendente. Y resulta paradójico porque son precisamente esos episodios los que mejor dialogan con la interpretación psicológica que Nolan quiere hacer del personaje.

La batalla nos muestra qué puede hacer Odiseo. Circe, Calipso y el Hades nos muestran quién es. La película necesita las dos cosas, pero no siempre encuentra el equilibrio correcto entre ellas.

Reducir algunas secuencias de combate habría permitido que determinados encuentros respiraran más y, sobre todo, habría dado a algunos secundarios el espacio necesario para dejar una huella todavía mayor.

El hombre que regresó de Troya

Pero ninguno de estos problemas destruye lo que Nolan consigue. Porque su mayor acierto aparece cuando finalmente comprendemos que La Odisea nunca ha sido una película sobre un hombre intentando llegar a casa. Es una película sobre un hombre intentando descubrir si todavía merece volver a ella.

El Odiseo de Matt Damon no regresa de Troya como vencedor. Regresa acompañado por todos aquellos que no pudieron hacerlo. Cada decisión, cada compañero perdido y cada cadáver dejado detrás forman parte del equipaje que ningún barco puede descargar. Y de repente la historia escrita hace casi tres mil años adquiere una lectura sorprendentemente contemporánea.

¿Qué ocurre después de la guerra? ¿Qué hace el héroe cuando ya no existe una batalla que ganar? ¿Qué queda cuando desaparecen las canciones, los títulos y las historias sobre sus hazañas?

Nolan responde de la manera más sencilla posible. Queda un hombre. Uno cansado, culpable, inteligente, violento, contradictorio y desesperado por volver a ser alguien capaz de entrar por la puerta de su propia casa. Por eso el momento más importante de La Odisea no es realmente Troya, ni el cíclope, ni las Sirenas, ni ninguno de los grandes episodios que han convertido el relato de Homero en inmortal. Es Ítaca.

Porque después de pasar toda la película preguntándonos si Odiseo conseguirá regresar, Nolan consigue que acabemos haciéndonos una pregunta bastante más interesante: ¿Qué significa regresar cuando el hombre que vuelve ya no es el mismo que se marchó?

La Odisea no es perfecta. Nolan vuelve a pecar de exceso de explicación, algunas batallas ocupan más espacio del necesario y determinados episodios fundamentales habrían agradecido unos minutos adicionales. Pero cuando deja respirar su película, alcanza algo que no siempre encontramos en su cine. Vulnerabilidad.

Nolan empezó con uno de los héroes más famosos de la historia de la literatura. Y su mejor decisión fue no filmarlo como uno. Porque debajo del estratega que conquistó Troya, desafió monstruos y engañó a los dioses siempre hubo algo bastante más interesante.

Un hombre intentando sobrevivir a las consecuencias de sus propias victorias.

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