Crítica de Carrie (2026): Mike Flanagan reinventa el clásico de Stephen King

Volver a adaptar Carrie tenía algo de apuesta innecesaria. La primera novela publicada por Stephen King ya cuenta con una versión cinematográfica difícil de superar: la que dirigió Brian De Palma en 1976, con Sissy Spacek dando vida a una de las adolescentes más atormentadas de la historia del terror. Medio siglo después, el recuerdo de aquella película sigue siendo tan poderoso que cualquier nueva adaptación corre el riesgo de quedarse en una simple repetición.

Mike Flanagan, sin embargo, ha encontrado una manera de acercarse al material sin vivir permanentemente a la sombra de De Palma. El creador de La maldición de Hill House, Misa de medianoche y La caída de la Casa Usher convierte la historia en una serie de ocho episodios que dedica mucho más tiempo a sus personajes y traslada la crueldad del instituto a una época en la que cualquier humillación puede perseguirte durante años.

La apuesta funciona mejor de lo que cabía esperar, especialmente por sus interpretaciones y por la intensidad de algunos de sus momentos más dramáticos. Pero también tiene un problema evidente: Flanagan parece tan interesado en comprender a todos sus personajes y ampliar el universo de Carrie que, en ocasiones, termina restándole fuerza a la tragedia que pretende contar.

La humillación ya no termina al salir del instituto

Tras la muerte de su padre, Carrie White se ve obligada a abandonar el aislamiento en el que ha crecido y enfrentarse por primera vez a la vida de un instituto público. Su madre, Margaret, la ha educado bajo unas normas religiosas extremas y una profunda desconfianza hacia el mundo exterior. Carrie apenas sabe relacionarse con otros adolescentes y desconoce aspectos de la vida cotidiana que para sus compañeros resultan completamente normales.

Flanagan aprovecha esa vulnerabilidad para actualizar uno de los aspectos más importantes de la novela: el acoso escolar. La célebre humillación en los vestuarios conserva su capacidad para incomodar, pero ahora se desarrolla en una sociedad donde los teléfonos móviles y las redes sociales pueden convertir cualquier situación vergonzosa en un espectáculo público.

La crueldad ya no necesita limitarse a los pasillos del instituto. Puede continuar en internet, multiplicarse entre desconocidos y alcanzar a personas que ni siquiera estuvieron presentes cuando comenzó todo. Para Carrie, que apenas está descubriendo cómo funciona el mundo, esa exposición resulta especialmente aterradora.

La serie también incorpora otras inquietudes actuales, como los simulacros de tiroteos escolares, que adquieren un significado particularmente angustioso para una adolescente educada al margen de la sociedad. Son detalles que ayudan a situar la historia en el presente sin traicionar sus preocupaciones originales.

Lo interesante es que Flanagan no convierte a Carrie en una figura permanentemente indefensa. La protagonista siente miedo y vergüenza, pero también rabia, curiosidad y unas ganas cada vez mayores de tomar sus propias decisiones. Sus poderes aparecen ligados a ese despertar emocional, aunque la serie termina planteando una cuestión que no siempre resuelve de manera convincente: hasta qué punto Carrie es responsable de aquello que provoca.

Summer H. Howell y Samantha Sloyan sostienen la historia

Summer H. Howell tenía por delante una tarea complicada. Interpretar a Carrie White significa enfrentarse inevitablemente a las comparaciones con Sissy Spacek, cuya actuación en la película de 1976 sigue siendo una referencia. Howell, por suerte, no intenta reproducirla.

Su Carrie es una adolescente desconcertada, pero también despierta y deseosa de conocer un mundo que le han prohibido explorar. La actriz resulta especialmente convincente cuando el personaje empieza a experimentar pequeñas muestras de aceptación. En esos momentos consigue transmitir una felicidad tan frágil que resulta doloroso imaginar lo fácil que sería arrebatársela.

También funciona su progresiva transformación. La timidez inicial va dejando espacio a una personalidad más decidida y, en ocasiones, inquietante. Howell consigue que comprendamos la rabia de Carrie sin necesidad de convertir cada una de sus reacciones en algo admirable. Su interpretación es uno de los mayores aciertos de la serie.

Pero si hay alguien capaz de disputarle el protagonismo es Samantha Sloyan, que interpreta a Margaret White. La madre de Carrie sigue siendo una mujer controladora, abusiva y dominada por sus creencias, aunque esta versión introduce algunos matices especialmente acertados.

Su fanatismo religioso convive con una mentalidad marcada por la desconfianza hacia las instituciones y los temores conspirativos. Margaret está convencida de que el mundo representa una amenaza constante para su hija y utiliza ese miedo para justificar unas decisiones que terminan haciéndole un daño terrible.

Sloyan evita interpretar a Margaret como una villana que disfruta haciendo sufrir. Lo verdaderamente perturbador es que parece creer sinceramente que está protegiendo a Carrie. Esa convicción no la hace menos cruel, pero sí bastante más inquietante.

Después de su memorable interpretación de Bev Keane en Misa de medianoche, la actriz podría haber repetido un personaje religioso igualmente detestable. En cambio, encuentra una vulnerabilidad diferente, construyendo una madre cuya necesidad de controlar a su hija acaba siendo inseparable de su propia incapacidad para vivir sin miedo.

Las escenas entre Howell y Sloyan se encuentran entre las mejores de la temporada. La tensión no depende de efectos sobrenaturales ni de grandes estallidos de violencia. Basta con observar cómo Carrie intenta ganar un poco de independencia y cómo Margaret interpreta cada avance como una amenaza que debe detener.

Chris Hargensen: la crueldad también tiene un origen

Otro de los grandes aciertos es Chris Hargensen, interpretada por Alison Thornton. La principal antagonista de Carrie dentro del instituto conserva toda la maldad que exige el personaje, pero ahora conocemos mejor las circunstancias que alimentan su comportamiento.

Chris disfruta humillando y necesita reafirmar constantemente su posición frente a los demás. Sin embargo, la complicada relación con su padre y los conflictos de su entorno familiar muestran a una adolescente que tampoco sabe gestionar sus propias frustraciones. Flanagan no pretende disculpar sus actos, algo que habría sido un error, sino dejar claro que comprender de dónde procede la crueldad no significa justificarla.

Thornton aprovecha muy bien esa contradicción. Su Chris es arrogante, manipuladora y profundamente desagradable, pero también deja entrever una inseguridad que ayuda a entender por qué necesita ejercer tanto control sobre quienes la rodean. La actriz consigue que el personaje tenga más matices sin hacerlo necesariamente más simpático.

También gana importancia Sue Snell, interpretada por Siena Agudong, cuya evolución permite explorar otra cuestión fundamental: qué ocurre cuando alguien empieza a comprender el daño que ha contribuido a provocar y trata de repararlo. La serie entiende que arrepentirse no siempre basta para corregir las consecuencias de una mala decisión.

Los adultos tampoco salen especialmente bien parados. Profesores y responsables del instituto, incluido el director interpretado por Matthew Lillard, intentan gestionar situaciones para las que no siempre parecen preparados. Algunos quieren ayudar, pero eso no significa que sepan hacerlo. Otros confunden mantener el orden con solucionar realmente los problemas.

Todo ello ayuda a que el instituto se sienta como algo más que el escenario donde Carrie sufre humillaciones. Es un entorno donde las pequeñas cobardías, la indiferencia y las decisiones equivocadas van acumulándose hasta que resulta imposible detener sus consecuencias.

Ocho episodios para una historia que no siempre los necesita

El mayor inconveniente de esta adaptación aparece precisamente en su duración. Convertir Carrie en una serie permite conocer mejor a los personajes, pero también obliga a mantener durante muchas horas una tensión que la novela y la película de De Palma resolvían con mucha mayor rapidez.

La primera mitad funciona gracias al descubrimiento del mundo por parte de Carrie y a la presentación de los conflictos que la rodean. Sin embargo, los episodios centrales comienzan a repetir algunas situaciones. Determinados enfrentamientos familiares vuelven con escasas variaciones y varias tramas secundarias necesitan demasiado tiempo para llegar a alguna parte.

No es que ese material resulte completamente prescindible. De hecho, algunas de las decisiones aparentemente menores terminan cobrando importancia en el desenlace. El problema está en que Flanagan no siempre distingue entre profundizar en un personaje y dedicarle más escenas de las necesarias.

Por momentos se echa de menos la contundencia de una historia más concentrada. Sabemos hacia dónde se dirige todo y el guion parece empeñado en retrasar un acontecimiento que ya resulta inevitable. La paciencia termina teniendo recompensa, pero probablemente la serie habría ganado intensidad con uno o dos episodios menos.

El baile impresiona, pero el desenlace plantea algunas dudas

Si había una secuencia especialmente difícil de reinterpretar, era el baile de graduación. De Palma convirtió aquel momento en una de las imágenes más recordadas del cine de terror, y volver a representarlo sin parecer una imitación suponía un desafío considerable.

Flanagan responde con una secuencia espectacular, construida a partir de todos los conflictos que ha ido acumulando durante la temporada. El cambio de escala es impresionante y la violencia alcanza una intensidad que contrasta con el desarrollo mucho más contenido de los episodios anteriores.

Pero lo mejor del baile no es su despliegue visual. Después de pasar tantas horas junto a Carrie y conocer las decisiones de quienes la rodean, el desastre adquiere una dimensión particularmente amarga. No estamos contemplando únicamente una explosión de poderes sobrenaturales, sino las consecuencias de una situación que demasiadas personas tuvieron ocasión de impedir.

Ahora bien, hay algo en la manera de resolver esta tragedia que me resulta menos convincente. Sin entrar en detalles que arruinen las sorpresas, algunas decisiones del tramo final modifican la lectura de las acciones de Carrie y parecen empeñadas en protegerla de parte de la responsabilidad que tradicionalmente acompañaba al personaje.

Y ahí creo que la serie pierde algo importante. Una de las grandes virtudes de Carrie siempre ha sido su incomodidad moral: podemos sentir una enorme compasión por ella y, al mismo tiempo, horrorizarnos ante aquello en lo que termina convirtiéndose. Comprender su sufrimiento no debería significar que todo cuanto hace resulte justificable. Flanagan apuesta por una mirada más comprensiva, pero en ese empeño suaviza parte de la ambigüedad que hacía tan perturbadora la historia original.

A esto se suma otra de las grandes novedades de la adaptación: la posibilidad de que Carrie no sea la única persona con capacidades extraordinarias. La serie introduce la existencia de otros individuos con poderes y deja entrever un universo sobrenatural mucho más amplio, con nuevas incógnitas y conflictos que podrían desarrollarse en futuras temporadas.

La idea tiene atractivo, especialmente por las conexiones que permite establecer con otros elementos del imaginario de Stephen King. Sin embargo, no estoy del todo convencido de que Carrie necesite convertirse en la puerta de entrada a una mitología más extensa.

Su historia siempre ha funcionado precisamente por lo íntimo y terrible de su tragedia. Al introducir nuevas explicaciones, personajes y posibilidades de continuación, Flanagan corre el riesgo de transformar un relato sobre el sufrimiento de una adolescente en el comienzo de una historia sobrenatural mucho más convencional.

Son decisiones interesantes, pero también discutibles. Y aunque permiten mirar hacia un posible futuro, dejan la sensación de que la serie sacrifica parte de la fuerza de su propio desenlace para mantener abiertas otras puertas.

Una adaptación notable, aunque no todas sus decisiones convencen

Esta nueva Carrie demuestra que todavía es posible encontrar algo que contar en una historia que parecía agotada. La actualización del acoso escolar funciona, el reparto está a un gran nivel y Flanagan consigue que personajes tradicionalmente secundarios tengan una importancia real en el desarrollo de la tragedia.

Summer H. Howell y Samantha Sloyan son sus mayores bazas, mientras que Alison Thornton aporta una antagonista especialmente desagradable y bien construida. También merece reconocimiento el esfuerzo por mostrar cómo los problemas de los adolescentes no pueden separarse de las familias, las instituciones y los adultos que condicionan sus vidas.

Sin embargo, ocho episodios resultan excesivos para algunos de los conflictos planteados, y la decisión de ampliar tanto el componente sobrenatural termina generando dudas sobre el rumbo elegido. El espectáculo del baile impresiona, pero determinados giros debilitan la incómoda complejidad moral de Carrie White.

Aun con esas reservas, el resultado merece la pena. Flanagan no ha realizado una adaptación perfecta ni ha conseguido superar en todos los aspectos a la película de 1976, pero sí ha encontrado una perspectiva propia que justifica volver a contar esta historia.

Carrie funciona mejor cuando deja de preocuparse por ampliar su universo y se concentra en lo que realmente importa: una adolescente que intenta encontrar su lugar en el mundo mientras quienes deberían ayudarla contribuyen a destruirlo. El terror nunca estuvo únicamente en sus poderes, sino también en lo que los demás le hacen y en lo que ella puede llegar a hacer como consecuencia. Esa es la parte más dolorosa de la historia, y también la que sigue dando miedo medio siglo después.

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