Crítica de Belleza Perfecta (The Beauty): el horror de la perfección según Ryan Murphy

Ryan Murphy vuelve a hacer lo que mejor sabe: incomodar, exagerar y, en el proceso, construir un espectáculo tan grotesco como hipnótico. The Beauty (Belleza Perfecta), su nueva serie para Disney+, se mueve en ese terreno donde lo estético se convierte en enfermedad y lo aspiracional en pura pesadilla. El resultado es una mezcla tan improbable como efectiva entre el body horror de La sustancia y el exceso estilizado de American Horror Story.

Desde su premisa, la serie dispara directo a una de las obsesiones más contemporáneas: la búsqueda de la perfección física. Un magnate —interpretado por un inesperadamente inspirado Ashton Kutcher— obtiene una droga capaz de convertir a cualquier persona en su versión ideal: cuerpos sin defectos, sin enfermedad, sin imperfecciones. Pero, como dicta el canon del horror, ese ideal tiene un precio. Y no es pequeño: deformaciones, muerte… y una transmisión sexual que convierte la “belleza” en epidemia.

Murphy no se limita a plantear una distopía sanitaria, sino que construye una sátira feroz sobre los estándares estéticos. Desfilan por la pantalla cuerpos diversos, inseguridades reconocibles y una sociedad entera devorada por la necesidad de encajar. El discurso, en esencia, no es nuevo —la crítica a la superficialidad lleva décadas en el cine y la televisión—, pero aquí se reviste de un tono deliberadamente ridículo y que le da una personalidad propia. Todo es exagerado: el sexo, el lujo, la ambición. Nada pretende ser sutil, y ahí está precisamente su fuerza.

El reparto funciona dentro de ese universo deformado. Evan Peters y Rebecca Hall cumplen como los agentes que investigan el caos, aportando cierto anclaje narrativo. Sin embargo, es Ashton Kutcher quien roba cada escena como Byron Forst, un multimillonario tan vacío como peligroso. Su interpretación, a medio camino entre la comedia absurda y la caricatura inquietante, encapsula perfectamente el mensaje de la serie: cuando el poder no tiene límites, la moral desaparece.

Eso sí, no todo es brillante. La serie cae en ciertos vicios del propio Murphy: reiteración de ideas, explicaciones redundantes y una recta final que se alarga más de lo necesario. El desenlace, además, juega sobre seguro, rozando lo cobarde, como si prefiriera reservar sus cartas más arriesgadas para una futura segunda temporada.

Aun así, The Beauty deja un balance positivo. Es provocadora, incómoda y, por momentos, muy divertida en su exceso. Puede que no reinvente el discurso sobre la belleza, pero sí lo convierte en un espectáculo grotesco que engancha. Y en ese terreno, Ryan Murphy sigue siendo uno de los pocos creadores capaces de convertir lo feo en algo fascinante.

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